EMILIO GARCÍA VELÁSQUEZ
(Médico)
Tuve la suerte
de conocer a Emilio cuando era un adolescente merced a la
amistad que me unía con su padre que, además de amigo, era
mi médico de familia y gran seguidor -forofo- diría yo,
del matador de toros chiclanero, Emilio Oliva, mi compadre, y uno de los
del grupo que me sugirió que podía hacer mucho por el diestro,
y es que los chiclaneros, además de cabales y laboriosos son listos
y observadores y es así que pronto se dieron cuenta de mi amistad
con Carlos Núñez debido a las frecuentes visitas que me
hacía y, naturalmente nos veían juntos en el bar, y también
supieron de mis relaciones con el inolvidable maestro Antonio Ordóñez,
porque fui tesorero de los festivales taurinos de primerísima categoría
que el matador organizaba en Tarifa. Y todo esto fue motivado porque,
al haber sufrido el diestro chiclanero una gravísima cogida en
Algeciras, el apoderado que tenía pensó que después
de rota la femoral jamás podría ser matador de toros y le
abandonó. Ruego al lector me perdone este preámbulo aunque se trata de una breve historia para mí muy bonita y creo que también para muchos. Lo que he tratado es de justificar mis relaciones de estrecha amistad con el padre de nuestro personaje EMILIO GARCÍA VELÁSQUEZ, y también con él, claro está, por lo que me alegré mucho cuando nuestro Cristóbal Cózar, incansable buscador de novedades que enriquezcan su grandiosa página, para enaltecer a nuestra querida Facinas, me sugirió que escribiera algo sobre este gran médico chiclanero que se granjeó la simpatía de los facinenses. Naturalmente, recibí una inmensa alegría cuando un fin de semana llegué, como de costumbre, entonces desde Estepona, y me dijo mi cuñado Juan que acababa de llegar un médico joven que era de Chiclana. Pregunté por el nombre y aún no lo sabía. Y cual sería mi sorpresa cuando al día siguiente le veo venir con mi cuñado Antonio y al ver éste como nos abrazábamos se quedó perplejo. Le dije que era hermano de Pastora y se alegró muchísimo. Y de ahí a festejarlo tomando una copa. Era preceptivo que le animara y le asegurara que en Facinas lo iba a pasar muy bien porque nuestro pueblo, aunque pobre, en generosidad y acogida no hay quien le gane, además de que aquí bebemos Ciclana -le dije- Poco tiempo necesitó para comprobarlo y así me lo confirmaba en mis sucesivas visitas. Eran muchas las virtudes personales que adornaban a Emilio: amable, sencillo, abierto a la amistad y de muy buenos sentimientos. En el terreno profesional, era un buen médico y me consta que fue buen estudiante destacado en la Facultad de Medicina con el añadido de que en su casa desde pequeño tuvo un profesor más, dado que su padre era un médico con bastante experiencia. Cuando llegó a Facinas rompió moldes porque antes a los médicos se consideraban como superhombres y el, con la sencillez que le caracterizaba, quiso demostrar que son hombres como los demás con la única diferencia de que su vocación les inclina a velar y devolver la salud a los enfermos. Pronto, Emilio, con la gracia, laboriosidad y simpatía que caracteriza a los chiclaneros, se hizo amigo de todo el mundo y durante los años que permaneció en Facinas hubo entre él y nuestro pueblo, reciprocidad de afectos.
Me llamaron a Cádiz para comunicarme que iban a ofrecer a Emilio un sencillo homenaje de despedida y, naturalmente, me fui a Facinas. El acto fue en el bar Gil y le recuerdo con las lágrimas en los ojos cuando recité unos versos (acróstico) que escribí sobre la marcha y afortunadamente he encontrado el papel original buscando en el baúl de los recuerdos, que transcribo como colofón:
Cádiz, 26 de Octubre, 2006 Juan Antono Notario Rondón
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